Lo más natural: La alternativa verde

Alicante duplica en menos de ocho años la superficie agrícola dedicada a cultivos ecológicos.

El auge de la alimentación sana y la necesidad de proteger el medio ambiente se suman al buen pulso de las exportaciones y al apoyo de las subvenciones para convencer al agricultor de que el futuro está en labrar la tierra como antaño.

Bien por compromiso con el medio ambiente y con la salud pública o bien por mero interés comercial, cada vez más agricultores de la provincia se pasan al lado más verde de la agricultura. El cultivo ecológico, un movimiento con más de 30 años de historia que cree en la necesidad de que la agricultura respete la tierra –aunque para muchos sigue siendo una redundancia o puro esnobismo–, se ha ido introduciendo en el campo alicantino con un ritmo lento pero seguro en la última década: desde 2001 se ha doblado la superficie agrícola dedicada a cultivos biológicos, a la vez que el número de agricultores, intermediarios y exportadores se ha multiplicado por dos. Los datos recopilados por el Comité de Agricultura Ecológica de la Comunidad Valenciana (CAECV) revelan que a finales de 2008 existían en la provincia un total de 11.026 hectáreas dedicadas al cultivo orgánico y 459 operadores encargándose de producir y tratar los productos.

A pesar de que los terrenos en ecológico de la provincia apenas representan el 0,8% del total español –1.317.000 hectáreas, de las que Andalucía posee casi el 60%–, Alicante se encuentra en una relativa buena posición con respecto a otras zonas de España. A día de hoy, ya tiene más agentes dedicados al sector que la gran mayoría de las provincias españolas, y supera en número de operadores a muchas comunidades, como Castilla y León. Además, en el conjunto de la Comunidad Valenciana, compite en igualdad de condiciones con las demás provincias al trabajar el 30% de las explotaciones agrícolas ecológicas del Levante.

Ante el evidente crecimiento de estas explotaciones sostenibles, el profano puede preguntarse ¿realmente ha degenerado tanto la agricultura convencional como para que esté triunfando un modelo que propugna –y premia con subvenciones– la vuelta a la prehistoria agrícola? De hecho, muchos trabajadores del campo consideran que muchas cooperativas y sociedades agrarias se han rendido a la voluptuosidad de la agricultura industrial y han hipotecado calidad y futuro por beneficios rápidos. «No es que consumir productos de la agricultura convencional sea peligroso, pero es verdad que siempre queda en ellos un reducto de producto químico. Y también es cierto que estos restos afectan a la calidad de la tierra y la hacen cada vez menos fértil», explica José Vicente Penabés, agricultor de segunda generación y vocal provincial de Asaja Alicante.

Es precisamente la utilización de productos químicos lo que diferencia la agricultura ecológica de la convencional, y el elemento que da pie a Gaspar Tomás, gerente de la cooperativa vitivinícola de Petrer Bocopa, para esbozar una definición de esta modalidad agrícola «la agricultura ecológica, al contrario que la tradicional, no puede utilizar productos derivados de la química de síntesis en ninguna de las fases de producción. Así, el tratamiento de una plaga de hongos en una viña debe hacerse con sulfato de cobre o azufre y no con pesticidas; el abono que se utilice debe ser estiércol procedente de vaquerías que también deben ser ecológicas…».

Producir sin el apoyo de la química no es ni fácil ni barato, y termina convirtiendo al agricultor en una especie de madre que vela día y noche por su propio campo. «Nosotros tenemos que estar “viviendo” la viña. Así es como se pueden tratar los ataques de forma preventiva. Como no puedes fumigar plaguicidas, se acaba convirtiendo en una agricultura de previsión: Actúas como cuando crees que te vas a constipar: no puedes tomar aspirinas, así que bebes zumo con vitamina C», explica gráficamente el gerente de Bocopa, quien presume de haber sido el primer viticultor de Alicante en haber logrado la certificación del CAE, tres años después de que en 1996 comenzara a preparar algunos de sus terrenos para dar el salto ecológico.

Todas las autonomías españolas disponen de un organismo encargado de vigilar la calidad de sus cultivos sostenibles. En la Comunidad Valencia, la «policía verde» son los técnicos del CAE, que aplican severas medidas de control y calidad a cada metro cuadrado de tierra que pretenda llevar la, por otra parte, codiciada etiqueta «producto ecológico». El CAE exige que una parcela que aspire a entrar en su lista de miembros certificados permanezca un determinado número de años sin recibir productos químicos. Una vez aparece la primera cosecha, según apunta el gerente de Bocopa, «los técnicos analizan la tierra, el fruto, las hojas y en, definitiva, controlan todo el proceso» para entregar el certificado y renovarlo año tras año.

A pesar de las exigencias del CAE –algunos viticultores explican que tuvieron que construir setos entre parcelas para evitar que las fumigaciones de una afectaran a la valoración ecológica de la otra–, en la provincia el número de productores (cooperativas, agricultores y otras sociedades) casi se ha duplicado en los últimos ocho años, cerrándose en la actualidad en un total de 393.

Como se ha dicho, algunos productores esgrimen de primeras «la obligación del ser humano de preservar el medio ambiente» o la «satisfacción de estar velando por la salud de la nación» como las causas principales de su transformación en «empresarios sostenibles». Pero una buena subvención es capaz de convencer también al agricultor más fanático de los pesticidas y de la producción industrial de que los cultivos ecológicos son el futuro. O, al menos, el presente: a día de hoy, las subvenciones por transformación de parcelas son, según Juan Pastor, responsable de la Unió de Llauradors i Ramaders COAG en la provincia, la principal razón del disparo de cifras experimentado por este sector en los últimos años. «Pero al final tampoco ayudan tanto: los gastos de reconversión se acaban llevando todos los fondos autonómicos», apunta Pastor.

«Para poder vivir del cultivo de romero ecológico, un agricultor debe tener al menos 45 hectáreas. Al final del año, contando con la subvención, que paga 200 euros por hectárea, puede sacar el sueldo de un español medio, unos 1.200 euros brutos al mes», apunta el representante de Asaja Alicante en Villena. José Vicente lleva ya un tiempo cultivando alubias y calabazas en ecológico en la capital del Alto Vinalopó y todavía resopla cuando se le pregunta si esta modalidad da beneficios. «Esta parcela de 10.000 metros de alubias da medio millón de pesetas con los 10.000 kilos de alubias que puede dar. Sólo en preparar el terreno, plantarlo y mantenerlo, se van un tercio de lo que le gano. Y suma los 7.000 euros que costó hacer la instalación del riego el año pasado». Las cuentas para este tipo de cultivos no terminan de salir.

Quizá por esa razón, ni las legumbres, ni las hortalizas ni los tubérculos son los productos más populares en los campos verdes de Alicante. Junto con la vid (1.541 hectáreas cultivadas en 2008), son los frutos secos (2.710 ha), como la almendra; y el olivo (1.230 ha) los que al cabo del año ocupan más terreno cultivado, productos cuyo coste de producción es además idéntico «en ecológico que en convencional», sólo que en el primer caso «te llevas además la subvención», explica José Vicente.

Convertir un terreno de olivos o una parcela de tomillo, lavanda o cualquier otro tipo de hierba aromática en una explotación ecológica es, a la larga, un negocio rentable. Para Juan Pastor, es la segunda causa de este giro hacia lo ecológico del alicantino. «Los agricultores ven las ventas de ecológicos en Estados Unidos y Escandinavia. Mantener el suelo en estas condiciones les asegura permanecer en el sector cuando crezca a toda España y Europa», como apuntan todos los datos.

Transcurrido el periodo de «desintoxicación» química al que se debe someter un terreno, los costes de producir olivas o aromáticas sin pesticidas o química sintética son más que asumibles dada la baja afectación por plagas de estos cultivos. Una vez cosechada la materia prima, los gastos de su producción como los beneficios de la venta son los mismos que los que genera una almazara convencional, sólo que en este caso el agricultor puede añadir a sus beneficios la subvención por hectárea cultivada en ecológico que concede la Conselleria de Agricultura, dependiendo del tipo de cultivo.

Lo que parece probado es la capacidad de los productos ecológicos para llenar estanterías de tiendas no necesariamente baratas en España y, sobre todo en el extranjero. Los responsables de Bocopa, que trabajan tanto el vino procedente de viñedos ecológicos como tradicionales, exportan su producto orgánico sobre todo a países del norte de Europa, como Noruega, Suecia o Alemania, «donde están más concienciados con la necesidad de alimentación libre de residuos químicos», explica Tomás. La conciencia verde de americanos y europeos se ve con un dato: la cooperativa petrerense exporta al año 700.000 botellas de sus variedades ecológicas, mientras que para consumo nacional reserva apenas 50.000 botellas de sus vinos ecológicos.

El perfil del comprador de estos productos es tan variado como el de cualquier persona preocupada por su salud. Asunción Torres, gerente de la tienda Herbia de Elche, asegura no obstante que entre sus clientes «el perfil más habitual es el de una mujer de entre 30 y 40 años, aunque el reparto de las rutinas domésticas también hace que los hombres empiecen a interesarse también por una alimentación más sana». La vendedora advierte que «la fruta que vendemos puede no tener el aspecto brillante y magnífico de las del supermercado», pero es que en su caso el color aparece «cuando le das un mordisco y sabe a manzana de verdad».

Para consumir productos ecológicos es necesario estar más convencido por sus beneficios nutricionales que por su precio. «La mayoría de los clientes no compran aquí por ideología, por compromiso con el medio ambiente o por política ecologista: lo que están buscando es simplemente mejorar su calidad de vida», asegura Torres.
En cualquier caso, parece que el pequeño brote de la agricultura ecológica en Alicante tiene argumentos para convertirse, dentro de unos años, en una auténtica revolución ecológica que devuelva al campo su verdadero color.

Vía | diarioinformacion.com

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