Opinió

EN HOMENAJE AL TÍO GINÉS (FRANCISCO LÓPEZ MORENO) IN MEMORIAM

gines_lopez_morenoLa dejadez de uno a veces le depara sorpresas lamentables, como la que acabo de llevarme apenas hace unos pocos minutos.

Hacía mucho tiempo que no iba a visitar al tío Gines, a la residencia de mayores Domingo Sastre de Lorca, en donde residía junto con su inseparable mujer, atendidos diariamente por Marcos, su único, afectuoso y leal hijo, al que desde aquí le envío mis sinceras condolencias.

Esta mañana, casi, movido por un presentimiento, llamé a Marcos para preguntarles por sus padres, y ha sido por él cuando me he enterado que Ginés nos dejó en mayo del pasado año. Pasó del ser a no ser sin dolor y sin despedirse. De sorprendentemente sano a sus noventa y dos años, a dejarnos sin decir adiós.

Conocí a Ginés en 1996, cuando la Casa del Pueblo era todavía punto de encuentro de aquellos socialistas republicanos, que seguían aferrados a la ilusión de que su partido, el PSOE, era socialista y obrero, aunque la realidad que tenían ante sí, más bien les sonaba a lo contrario. Pero hay momentos en la vida, en que ya no se está para hacer análisis sesudos, y es más cómodo y gratificante dejarse llevar por las querencias, las rutinas y los rituales de toda la vida.

La mayor parte de aquellos veteranos, salvo dos, saltaron despavoridos de la mesa cuando les comenté mi proyecto de rescatar la memoria histórica local republicana y antifascista.

Ginés, el Tío Ginés, fue uno de los que se quedaron sentados.

Desde entonces, pueden contarse casi por cientos, las ocasiones que hemos departido juntos, en su casa de Lorca, en su entrañable y campera casa del pueblo lorquino de Avilés, marco principal de su azarosa existencia, y últimamente, en la residencia de la tercera edad, en la que se encontraba muy bien, por la estupenda atención que le dispensaban a él y su mujer.

Al socaire de tantas horas de animadas veladas, se fue forjando una entrañable amistad entre nosotros, que su partida ha truncado irreversiblemente, dejando en mí un poso de tristeza y de nostalgia dolorosa.

LAS JUVENTUDES SOCIALISTAS UNIFICADAS EN AVILÉS (LORCA)

Tenía dieciséis años, cuando un grupo de chavales de la diputación de Avilés, movidos por el remolino revolucionario del momento, decidieron fundar en el pueblo las Juventudes Socialistas Unificadas. Fue en octubre de 1936.

El acta de constitución, escrita con tinta roja, y sellada con un sello de caucho con la estrella de cinco puntas y las siglas JSU, de un rojo escandaloso, llevaba su firma como secretario de actas. Junto con la suya, aparecen las firmas de varios de aquellos críos, de edades entre catorce y diecisiete años, según me díjo.

Se emocionó cuando, sesenta años más tarde, y sin prepararle de lo que iba a leer, puse en sus manos el original de aquellas actas -conseguidas no me pregunten cómo- y mirándome con los ojos enrojecidos me dijo: “¡Pero si esto lo escribí yo!”. No podía dar crédito a lo que estaba viendo.

Terminada la guerra, todos aquellos muchachos de las JSU, sin excepción, la mayoría menores de edad todavía, fueron detenidos y llevados al Campo de Clasificación de Prisioneros de “La Zona” de Lorca, en donde –según el testimonio de Ginés- tuvieron que presenciar el tormento que se aplicaba a los demás detenidos adultos, al tomarles declaración. Unos pocos fueron dejados en libertad a los pocos días, pero el resto fueron trasladados a la cárcel, y procesados por “auxilio o adhesión a la rebelión”.

Nadie fue condenado a la pena de muerte, pero tres de ellos condenados a largas condenas, encontraron la muerte en los Batallones de Trabajadores Penados, una forma de esclavitud con la que el régimen de Franco se atribuía el mérito de la reconstrucción de España, a costa de la sangre de los republicanos vencidos. En este caso desde dos jóvenes de 20 años y uno de 22. Tengo sus fotos.

Así fue pasando el tiempo, hasta que Ginés fue sorteado para hacer el servicio militar en Melilla.

Y allí se encontraba como cabo 1º, -estamos en 1941- cuando un buen día le llamó su capitán, diciéndole que se tenía que presentar al juez militar, porque había llegado una denuncia contra él. Un cacique de Avilés lo acusaba, con casi cinco años de retraso de los hechos, de haber pertenecido a las JSU, y de haber entrado, junto con otros críos, en una casa abandonada de su propiedad, y haberse llevado “varias bobinas de hilo”, “algunas botellas con aceite de quinqué”, y algunas cosas (inservibles) más. La denuncia iba firmada con E.C., padre de una saga de hacendados viticultores, que causó el pavor entre la gente del pueblo, auxiliado por un joven maestro: el jefe local de Falange, F.G., y del jefe de puesto de la guardia civil de la cercana pedanía lorquina de Zarcilla de Ramos, S.M. Estos tres sátrapas del régimen, antes de que finalizase 1939, ya habían conseguido meter en la cárcel a casi todos los hombres (y algunas mujeres) adultos, además de los adolescentes de las JSU.

Tal fue su vesania, que una terrateniente local, de la que hay que decir que siempre fue una buena persona y que avaló a sus paisanos, como fue doña Pura, llevó sus quejas a Lorca, protestando porque las tierras estaban abandonas porque todos los labradores estaban en la cárcel.

LA JUSTICIA MILITAR

Nervioso, el joven cabo 1º se cuadró ante el comandante juez, quien le soltó sombríamente “Por delitos menores he visto yo fusilar a gente como tú”. A Ginés le flaqueaban las piernas. Aquel jurídico uniformado leyó la denuncia, diciéndole que el fiscal había solicitado para él, la pena de cuatro años de prisión mayor, pero que no se preocupara que si firmaba su conformidad con la condena, con las conmutaciones y los indultos, mientras que todo se tramitaba, quedara en libertad y podría continuar con el servicio militar… de soldado, claro. Y Ginés, confiando en la palabra del juez, firmó.

Estaba al frente de un pequeño destacamento, cerca del barranco del Lobo, casi todos enfermos de disentería, cuando en la canoa-correo le trajeron una citación. Tenía que volver a Melilla. Así lo hizo, enterándose por su capitán, que había sido condenado a cuatro años de trabajos forzados en un Batallón de Trabajadores.

Ginés me ha dejado un dramático y detalladísimo testimonio, de lo que significó en su vida el paso por uno de aquellas infames unidades de esclavos militarizados. “¿Sabes? –me contaba- cuando veo esas películas de los campos nazis, y veo los barracones y esos monos a rayas, a mí se me antoja un lujo. ¡Tendría que vernos a nosotros!, siempre durmiendo al raso, tapados con matorrales o metidos en agujeros que excavábamos en la tierra, empapándonos cuando llovía, bebiendo el agua de los charcos, y sin un lugar en donde cobijarnos, ya que cada día cambiábamos de lugar, conforme avanzábamos en la construcción de la carretera”. Nadie quería apuntarse a enfermería, por muy mal que se sintiese, porque los iban jamás volvían. “Tirados al mar” cuando fallecía por falta de atención médica, se decía.

Ginés guardaba algunas fotografías de su experiencia en Marruecos, y entre ellas, aparece con algunos de aquellos jóvenes esclavos, sonrientes pese a todo, semicubiertos de harapos, apreciándose en algunas de las camisolas una enorme “P” (de preso) malcosida en el pecho y en la espalda.

Un buen día le llegó la libertad. Le computaron el tiempo servido como esclavo como de servicio militar, y sin un duro en el bolsillo, sin derecho a rancho, y sin conocer a nadie, hubo de esperar en Melilla, tirado en la calle y durmiendo en los bancos, hasta que alguien le dio dinero para comprar una carta y un sello con que escribir a su familia, pidiendo ayuda para poder regresar.

Ginés mantuvo de por vida su fidelidad al PSOE, y siempre mantuvo un liderazgo personal en su pueblo, del que le llegó a ser alcalde pedáneo muchísimos años, cuando la democracia se recuperó en España, tras la extinción del tirano. Pero por encima de todo, Ginés ha sido siempre una buena persona. Un auténtico “conseguidor” al servicio de todos los vecinos, de todos, inclusive de algunos que no le favorecieron cuando tan necesario hubiera sido para él. Reinvidicador incansable de mejoras para el pueblo, no había favor al que supiera negarse, encarándose con el alcalde de Lorca, o con los concejales, por muy del PSOE que fuesen, para conseguir tal o cual cosa para sus convecinos.

La increíble historia de Ginés, se dio a conocer a partir de un artículo que me publicaron en el extinto semanario lorquino “Arco Mediterráneo”. Solo a partir de entonces fue reconocido por el PSOE como “notario histórico” de un aspecto bastante desconocido de la represión franquista: los campos de esclavos del norte de Marruecos. Hace unos años, las JJSS de Lorca, le hicieron un homenaje en Avilés, después de décadas de haberlo ninguneado. Ginés se empeñó en que le acompañase. Hube de negarme por razones que podrían no serían aquí comprendidas. Editaron un bonito vídeo muy bien realizado, algo por lo que hay que sentirse satisfecho, sobre todo ahora que ya no está Ginés para contarlo.

No sé qué se diría en su sepelio; nadie, ni siquiera los que sabían el cariñoso trato que nos teníamos, se acordó de avisarme, pero a mí sí que me hubiera gustado despedirme de Ginés, evocando alguno de sus recuerdos, como aquel en el que hacía de gala de su patriotismo enrabietado: “¡¡Y es que, encima, nos obligaban a construir carreteras, no para España ni para los españoles, si no para aquellos moros que nos tiraban piedras y nos pegaban, mientras trabajábamos!!”.

Adiós, mi querido y respetado tío Gines.

Hasta siempre.

Salud y República.

Floren Dimas

ALGUNOS ENLACES RELACIONADOS:

http://www.laverdad.es/murcia/20081128/lorca/homenaje-gines-lopez-moreno-20081128.html

http://glomar.blogspot.com.es/2008/11/el-to-gins.html

http://www.totana.com/noticias/2009/11-25–ii-ciclo-confrerencias-tomas.asp

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